Mérida-Mapa interno-Mapa viajero
- Djanum Podolski Toro

- 7 may
- 5 min de lectura

Mérida, la ciudad de los caballeros, ciudad estudiantil, ubicada al oeste del país.
En los Andes, qué belleza los Andes, montañas larguísimas, hermosísimas, fuente de leyendas.
Las cinco águilas blancas, representan los cinco picos, en aquellos entonces nevados.
Me encanta la idea de saber que existen cuatro Méridas distintas, una en España, una en México, una en Filipinas, y la mía, la más preciada, en Venezuela. Juego con la idea de que las cuatro se parecen; aunque según relatos, sé que son totalmente distintas.
Viví poco en la ciudad, pero la ciudad siempre fue importante, es como el corazón de la región.
Vivíamos en la montaña. Hubo frecuentes mudanzas, pero siempre cercanas.
Tabay, el pueblo más cercano, es un pueblo pequeño, con la típica plaza Bolívar y la iglesia, rodeada de magníficos árboles de bucare, de flores anaranjadas y de mucha, mucha barba de palo, característica de la selva nublada, que le da un aire místico y antiguo.
Más arriba estaba El Filo del Loro, lugar en el que mi padre consiguió un terreno con una casa colonial andina, pequeñita, central en mi infancia.
Era una casa, algo desolada cuando llegamos, con un pasillo largo, desde el cual se entraba a cada una de las habitaciones.
Mi hermana y yo estábamos en un extremo, teníamos una litera, ¿yo dormía abajo o arriba? No recuerdo exactamente. Una ventana, que daba hacia lo que llamaría “la verditud”, pues todo es verde, en mil tonalidades; también olía, y me sigue oliendo, a verde, a fresco, a fértil, a tierra.
Le seguía el taller de mi padre, lugar al que solo podíamos entrar con él o con mi madre, pocas veces solas, entrar en este lugar, era como entrar en un museo. Piedras preciosas de todos los colores, herramientas, martillos, máquinas, joyas, fósiles, artefactos indígenas, huesos, líquidos irreconocibles, plata, oro y metales de todo tipo. Y lo principal: frente a la puerta en la entrada al taller estaba „El último petrolero “. Una de las creaciones de mi padre, que ahora que lo pienso, probablemente lo hizo para evitar que entraramos en su taller, y no sólo nosotras, sino cualquier desconocido. Se trataba de una calavera de vaca, con un cuerpo humano hecho con ropa de cuero, miles de objetos colgantes, una cantimplora, un machete, y un collar con dientes de caimán. La verdad, lo bastante terrorífico para lograr su cometido.
La siguiente entrada, era la de la biblioteca, estantes rellenos de libros, de arte, de historia, en alemán algunos, en español la mayoría.
Luego estaba la cocina, que era el lugar en el que pasábamos la mayor cantidad de tiempo, jugando, conversando, tomando papelón con limón o chocolatico caliente.
Y, de último, estaba el cuarto de mis padres, único lugar en la casa con piso de madera y con libros, muchos libros.
Hacia el norte de la casa tejada, donde estaba el pasillo, había montaña pa´rriba y siembra de moras ¡qué ricas las moras! ¿Cuántas nos habremos comido? -. Hacia el este estaba la entrada, hacia el oeste el bosque y hacia el sur, terreno mucho terreno y una vista desbordante, un valle, el río Chama, Tabay, la Poderosa, caseríos, y, a lo lejos, la ciudad.
Fueron muchos los años que vivimos en ese lugar aislado y mágico.
Recuerdo que cuando viajaba, siempre que volvía estaba todo el camino de ida a la casa inundado de neblina. Aunque era algo tenebroso, no hay nada más reconfortante que salir de la neblina y entrar a un lugar cálido.
Cuando caía la noche siempre bajaba la temperatura. Había que correr a buscar un suéter, medias y bufanda, y hasta que no salía el sol, hacía ese frío que hay a más de 2.000 metros de altura.
Los cielos nocturnos más hermosos del mundo están ahí, es como levantar una mano y sentir las estrellas.
Era lejos, la caminata a la escuela un fastidio, tempranito salíamos mi hermana y yo, y atravesábamos, praderas, bosques, el río Chama con su puente enclenque ¿cuántas veces se habrá caído por una crecida? -. La bajada era relajada, pasábamos buscando a nuestros amiguitos e íbamos en banda, pero la subida… Horas, nos tardábamos, cada dos por tres, nos montábamos en un árbol de guayabas, en uno de cinaras o de pomarrosas para bajar sus frutos y comérnoslos con toda la calma del mundo. Lanzábamos piedras al río, buscábamos nuevas rutas, explorábamos y, en algún momento, llegábamos a casa, preferiblemente antes de que cayera la noche, porque con la oscuridad llegaban las mil leyendas de espantos, fantasmas y seres mitológicos y una capa negra que lo cubría todo.
La Mucuy, más abajo de la montaña, más arriba del pueblo. “Mucu” para los aborígenes significa “lugar” y “Mucuy” significa “lugar de agua”. Y así hay incontables nombres que empiezan con “Mucu”, Mucunután, Mucuruba, Mucuchíes.
El agua de este lugar es la más sabrosa que existe en la tierra. Es de un sabor dulzón, fresco y delicioso. Pensé que eran ideas mías, hasta que años más tarde supe que no era la única que lo pensaba.
Viví mi adolescencia en este lugar. La casa era hermosa, construida por franceses y nada parecida a las que habitamos antes. Árboles de limón, naranja, pumarrosa, bucares y, de nuevo, las barbas de palo…
Más allá del río de la Mucuy, - ¿Cuántas veces fuimos a jugar, a bañarnos, a lanzar piedras, a darse algún que otro beso con el primer amor? -.
Este lugar huele a cuando deja de llover, ese olor a grama, a fresco, a verde, a que la vida comienza de nuevo.
Mil y una aventuras a la luz de la fogata, a la luz de las velas…
Tuvimos muchas mascotas en esta última casa. Nuestra querida y leal Sascha, amarilla, guardiana, acompañante a todas nuestras aventuras, a la cascada, a la montaña. Nuestro preciado Bleky, pequeño gatico negro que encontramos en la calle y que nos acompañó durante años. Son impensables los recuerdos de la Mucuy sin nuestras mascotas.
Cuando llueve en la montaña, son lluvias torrenciales, se forman ríos, se limpia todo, queda todo como nuevo y el agua baja y baja, cuando sale el sol, el sol pica, estás tan cerca del sol que te quema, te da esos característicos cacheticos rojitos de los merideños.
Es un juego entre el frío y el calor, entre la lluvia y la sequía.
Montañas, montañas y más montañas, de un lado, del otro y un poquito más allá.
Los pueblos y ciudades se encuentran entre estas montañas, en valles. A veces llegan momentos, en los que necesitas de la llanura porque te sientes sobrecogido y a la vez oprimido por estas grandes masas de piedra, mineral, historia terrestre.
La mejor forma de convivir con esto es treparlas, explorarlas, son gigantes, te puedes perder, pero vale la pena y por supuesto la mejor manera de despejar un poco es escaparte un rato a la costa, viaje largo, pero de repente tienes frente a ti el mar caribe y su amplitud.
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"Mérida, Mapa interno, Mapa viajero" es una nota escrita por Djanum Podolski Toro para ¿Y a mí qué?, un medio de comunicación digital, alternativo e independiente boyacense que cree en el poder de tu voz. Contamos historias que inspiran acción, visibilizan soluciones y conectan comunidades, porque en ¿Y a mí qué? creemos que lo que haces cuenta y lo que narras inspira.



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